Siempre he creído que el universo algo tiene que ver en cómo se va gestando nuestra vida. No es que crea que la alineación de los planteas va a cambiar en algo mi diario vivir, pero digamos que inconscientemente me gustaría creerlo. Siento que todo pasa por algo. Penas de un pasado pueden volverse en alegrías futuras, y así. Como suelo decir "el universo es muy sabio".
Así que todo pasa por algo. Espero que lo que está pasando ahora sea positivo para el futuro, y que la historia no se repita. Porque esto podría ser perfectamente el guión para una película de corte dramático – o cómico, según se vea - . Y es que creo que no hay cosa más idiota que hacer algo que sabes que está mal y que traerá consecuencias. Pero igual lo haces, quizá precisamente por esa sensación morbosa de saber que algo malo saldrá de todo eso. Y porque obviamente lo pasas bien.
Aunque no sé si es algo malo. Mi papá me diría que sí, mi mamá que no. Mis amigos, uf! Mis amigos se dividirían. Y yo? Yo creo que no es algo malo, pero que puede tener un resultado ¡nefasto mijita, nefasto!, como diría mi bisabuelo a mi abuela hace ya varias décadas, sino se maneja de la manera adecuada.
A pesar de todo siento que no es algo malo. Es algo, por decirlo… complicado. Es complicado porque en el caso de que se geste el peor escenario, enfrentaré una situación relativamente parecida a la de hace dos años. Y esa situación fue solucionada precisamente por la ayuda que me brindó y que me ha seguido brindando hasta el día de hoy. Si dejo de contar con eso, porque precisamente es ahí donde se genera el conflicto, me voy a las pailas.
Pero hay que ser optimistas y creer que no pasará nada. Que todo seguirá igual que siempre o incluso mejor, suponiendo que este tipo de situaciones unan más a los amigos. O por lo menos a nosotros dos.
En fin. Vayan preparando la ceremonia de los Globos de Oro que más de uno me voy a ganar.
Colapsando.
sábado, enero 21, 2012
viernes, noviembre 25, 2011
El metro y la teletón.
Me graduó el próximo viernes. En una semana habré salido del colegio. A la ceremonia asistirán más de treinta personas solamente de mi lado. Me tiene un poco nervioso eso. Suponiendo que en la generación somos ochenta alumnos, y que cada uno invite consigo a treinta, dará un número aproximado de dos mil cuatrocientas personas. ¡Dos mil cuatrocientas! Pero bueno.
Esto de estar grande.
Detesto a la Teletón. No a la fundación en sí, sino que a todo el escándalo mediático que se origina siempre a final de año. Es que Don Francisco no me cae bien. Esa pinta de buen hombre, millonario y solidario no le sale natural para nada. Pierde credibilidad al decir –año tras año- que no llegarán a la meta. ¡Pero milagrosamente llegan! Siempre aparece un millonario, o una multinacional sumamente generosa que salva la situación justo a tiempo.
Y los bancos andan por ahí no más. Año tras año nos llenan la televisión con comerciales patriotas con música esperanzadora de fondo – que debo reconocer, sobre todo del Banco de Chile – que algunas son sumamente buenas pero que aun así no evitan que me frustre. Es como mucho creo yo. Musho.
Y también detesto a esta sociedad de mierda. Gente que escupe que el suelo, pero no solo en la calle. No es raro ir bajando por alguna escalera del metro, mientras te sube esa particular brisa de calor humano, y ver, escalón tras escalón, como los escupos van aumentando. Es como si la gente fuera escupiendo más a medida que se va acabando la escalera, porque es una necesidad escupir en la vía pública. Todo lo anterior es para entrar al metro. Una vez dentro, es irritante ver como tipos de mi edad se sientan, completamente cómodos, y señoras muy viejas, - deprimente - se van paradas. Y nadie hace nada.
La otra vez putié a una tipa de unos quince años, porque aparte de tener a dos señoras de pie, iba escuchando su cumbia a todo volumen. Quizá se me pasó un poco la mano. Pero no importa. Termina la weá po oye, no andai ná sola en la weá de metro. Y lo apagó, menos mal. Es que hay que hablar así para demostrar que tienes un poco de autoridad frente a ellos.
Bueno, y para salir del metro, uno no puede caminar por la escalera mecánica. No, porque la gente se para a lo ancho de ésta. Curioso, porque hay varios letreros que dicen que, si no vas apurado, te pares en la derecha. Pero Chile es un país muy especial, porque si la gente no va apurada usa la escalera mecánica, y es triste ver cómo las personas que sí están apuradas, corren por los escalones – de la escalera que no es mecánica, obviamente -. Supuestamente la escalera mecánica es para ir más rápido y no cansarse.
Ojalá que las luchas por la calidad funcionen, porque así debería aumentar la comprensión lectora.
Quiero irme a España.
Esto de estar grande.
Detesto a la Teletón. No a la fundación en sí, sino que a todo el escándalo mediático que se origina siempre a final de año. Es que Don Francisco no me cae bien. Esa pinta de buen hombre, millonario y solidario no le sale natural para nada. Pierde credibilidad al decir –año tras año- que no llegarán a la meta. ¡Pero milagrosamente llegan! Siempre aparece un millonario, o una multinacional sumamente generosa que salva la situación justo a tiempo.
Y los bancos andan por ahí no más. Año tras año nos llenan la televisión con comerciales patriotas con música esperanzadora de fondo – que debo reconocer, sobre todo del Banco de Chile – que algunas son sumamente buenas pero que aun así no evitan que me frustre. Es como mucho creo yo. Musho.
Y también detesto a esta sociedad de mierda. Gente que escupe que el suelo, pero no solo en la calle. No es raro ir bajando por alguna escalera del metro, mientras te sube esa particular brisa de calor humano, y ver, escalón tras escalón, como los escupos van aumentando. Es como si la gente fuera escupiendo más a medida que se va acabando la escalera, porque es una necesidad escupir en la vía pública. Todo lo anterior es para entrar al metro. Una vez dentro, es irritante ver como tipos de mi edad se sientan, completamente cómodos, y señoras muy viejas, - deprimente - se van paradas. Y nadie hace nada.
La otra vez putié a una tipa de unos quince años, porque aparte de tener a dos señoras de pie, iba escuchando su cumbia a todo volumen. Quizá se me pasó un poco la mano. Pero no importa. Termina la weá po oye, no andai ná sola en la weá de metro. Y lo apagó, menos mal. Es que hay que hablar así para demostrar que tienes un poco de autoridad frente a ellos.
Bueno, y para salir del metro, uno no puede caminar por la escalera mecánica. No, porque la gente se para a lo ancho de ésta. Curioso, porque hay varios letreros que dicen que, si no vas apurado, te pares en la derecha. Pero Chile es un país muy especial, porque si la gente no va apurada usa la escalera mecánica, y es triste ver cómo las personas que sí están apuradas, corren por los escalones – de la escalera que no es mecánica, obviamente -. Supuestamente la escalera mecánica es para ir más rápido y no cansarse.
Ojalá que las luchas por la calidad funcionen, porque así debería aumentar la comprensión lectora.
Quiero irme a España.
lunes, noviembre 21, 2011
Mediocridad vs justicia
* carta enviada a los dirigentes de la toma del LRS.
Hola.
He vuelto. Aquí estoy de nuevo, porque creo que me faltó algo de la última vez que opiné respecto a la toma del Liceo. Y es que con esto del cambio de nombre y la anulación de la enseñanza media para el próximo año se me ocurrió decirles esto. Si quieren lean, sino, allá ustedes.
Me llama mucho la atención que, quienes se toman el Liceo bajo el pretexto de una lucha por la igualdad en la educación, hayan sido los mismos que, frente a mí, insultaron en más de una ocasión a varios profesores. Los denigraron hasta el grado de escupirles en la espalda, y ahora alegan por una calidad que supuestamente no tuvieron. Exigen, al mismo tiempo, que el cuerpo docente del colegio sea evaluado por su supuesta falta de profesionalismo, pero varios de estos alumnos han repetido. ¿Dónde está la calidad de ellos entonces?
¿Cuántos de los que yo conozco que están hoy “dirigiendo” esta toma no copiaron en pruebas, o no quisieron escribir lo que les enseñaban, e incluso impedían que otros lo hicieran, tratándolos de “perkines”?
Esta toma está a un paso de destrozar por completo la historia del Liceo Rafael Sotomayor. Y no basta con echarle la culpa al alcalde – que de por sí ya la tiene – sino que también hace falta ver qué fue lo que se hiso mal, porque no creo que al alcalde se le haya ocurrido esta idea de un momento a otro.
Con el cambio de nombre y la transformación de la enseñanza desintegrarán toda una tradición que viene por más de cinco décadas. Pero es más fácil culpar al alcalde y pedir después que “nos unamos frente a la injusticia”. ¡Payasos! Si estas medidas llegan a concretarse, quienes encabezan la toma serán los únicos responsables.
Esta toma está al revés de cualquier lógica aparente, y es al mismo tiempo, la mejor expresión de la mediocridad cínica oculta detrás de un ideal justo.
Hola.
He vuelto. Aquí estoy de nuevo, porque creo que me faltó algo de la última vez que opiné respecto a la toma del Liceo. Y es que con esto del cambio de nombre y la anulación de la enseñanza media para el próximo año se me ocurrió decirles esto. Si quieren lean, sino, allá ustedes.
Me llama mucho la atención que, quienes se toman el Liceo bajo el pretexto de una lucha por la igualdad en la educación, hayan sido los mismos que, frente a mí, insultaron en más de una ocasión a varios profesores. Los denigraron hasta el grado de escupirles en la espalda, y ahora alegan por una calidad que supuestamente no tuvieron. Exigen, al mismo tiempo, que el cuerpo docente del colegio sea evaluado por su supuesta falta de profesionalismo, pero varios de estos alumnos han repetido. ¿Dónde está la calidad de ellos entonces?
¿Cuántos de los que yo conozco que están hoy “dirigiendo” esta toma no copiaron en pruebas, o no quisieron escribir lo que les enseñaban, e incluso impedían que otros lo hicieran, tratándolos de “perkines”?
Esta toma está a un paso de destrozar por completo la historia del Liceo Rafael Sotomayor. Y no basta con echarle la culpa al alcalde – que de por sí ya la tiene – sino que también hace falta ver qué fue lo que se hiso mal, porque no creo que al alcalde se le haya ocurrido esta idea de un momento a otro.
Con el cambio de nombre y la transformación de la enseñanza desintegrarán toda una tradición que viene por más de cinco décadas. Pero es más fácil culpar al alcalde y pedir después que “nos unamos frente a la injusticia”. ¡Payasos! Si estas medidas llegan a concretarse, quienes encabezan la toma serán los únicos responsables.
Esta toma está al revés de cualquier lógica aparente, y es al mismo tiempo, la mejor expresión de la mediocridad cínica oculta detrás de un ideal justo.
jueves, noviembre 17, 2011
El Presidente
Un nuevo remesón sacudió el escritorio del Presidente, lo que hiso que su firma se doblara un tanto, pero eso no le importó. Y es que con el séptimo decreto que firmaba en la tarde ya no tenía ganas de escribir su nombre con cuidado. Este último Decreto Presidencial permitía el uso de armas por parte de la población civil, ya que a esas alturas cualquier método para detener a los invasores era válido.
Se levantó trabajosamente de su silla y se refregó la cara con ambas manos. Amplias arrugas surcaban su rostro, arrugas que no tenía cuando asumió en el cargo. – Son las arrugas de la experiencia – solía decirle su esposa. Pero no. Él bien sabía que éstas se debían al exceso de trabajo, reuniones y complicaciones burocráticas que siempre entorpecían todo. Habría sido feliz culpando a los últimos acontecimientos de su deteriorado estado, pero las arrugas no salen de una semana para otra, por muy estresante que ésta pueda ser.
Atravesó su oficina y se asomó al balcón que daba al norte. Densas columnas de humo negro subían desde algún punto más allá de donde alcanzaba a ver, puesto que varios edificios le tapaban la vista, y un fuerte olor a plástico chamuscado invadió su oficina.
A pesar de que no lo podía ver, sabía que el océano se encontraba frente a él, a tan solo unos cuantos kilómetros. Incluso creía sentir una ligera brisa marina en su rostro. Pero el océano ya no era el mismo, había cambiado. Al parecer todo había cambiando, incluso quienes en un comienzo estuvieron con él. Políticos interesados en obtener cargos, nada más que eso. Los leales eran pocos.
A pesar de las arrugas, había signos de deterioro físico que le preocupaban más. Su cabello estaba cada vez más cano y sufría de diversos dolores musculares. No había ni una semejanza entre él y el presidente que ganó las elecciones hace dos años atrás. Y su humor tampoco era el mismo, sobre todo desde la invasión. Y es que tras los ataques, entre los comandantes en jefe con sus mapas y planos, los ministros con sus carpetas, el Jefe de los bomberos, la policía, los senadores, y finalmente su esposa casi lo hicieron colapsar.
- ¡No me digan qué es lo que tengo que hacer! – exclamó tras varias reuniones con los altos comandantes militares – esta es mi ciudad, y aquí me quedaré.
Finalmente esta decisión hubo de cambiar cuando las defensas de la ciudad comenzaron a caer. En un comienzo ordenó que su gabinete fuera evacuado, pero una vez que el panorama se complicó permitió que se enviara un helicóptero para su salida, que según lo previsto ya debería haber llegado.
Se estaba volteando para ir nuevamente a su escritorio cuando algo lo detuvo. No era el sonido de los estruendos ni los continuos destellos en el horizonte, sino que un sonido familiar que hiso renacer una ligera sensación de felicidad en él.
Se mantuvo en el balcón por un instante cuando un gran helicóptero militar pasó sobre él y lentamente comenzó a descender.
Caminó hacia su escritorio con el corazón latiéndole fuertemente, cogió los siete decretos firmados y los guardó en una pequeña carpeta. Una vez que hubo salido al corredor se topó con sus guardaespaldas, quienes lo esperaban afuera. No había tiempo que perder.
Siguió caminando junto a su guardia a través de los pasillos interiores, que hasta hace solo dos días destacaban por su limpieza y orden. Pero en ese momento, en la sede del gobierno lo que menos reinaba era el orden. Tras la evacuación de los funcionarios había cundido el pánico, lo que llevó a que incontables papeles estuvieran regados por el suelo, las sillas estuvieran volteadas y los cuadros y adornos fuera de sitio.
Una vez que llegó a los jardines se topó de lleno con el helicóptero que lo esperaba. Unos cuantos militares fuertemente armados esperaban a un costado a que el Presidente subiera, y poder largarse cuanto antes. Los estruendos se oían cada vez más cercanos, y el suelo temblaba ligeramente tras las explosiones.
Caminó lentamente, para no demostrar sus ansias por largarse de ahí. - ¡Eso es lo que quieren los de la oposición, verme alarmado! – Pensó mientras escalaba, peldaño por peldaño, la pequeña escalinata del helicóptero. – ¡Pero no lo conseguirán, no señor!
Se sentó en un duro asiento y un militar lo rodeó de cinturones, haciendolo sentir incómodo en una zona que no era incursionada por nadie en varios años, ni siquiera por su esposa – es por su propia seguridad, señor – se excusó el militar. Dejó que éste terminara de hacer su trabajo y suspiró. No podía creer cómo se habían dado los últimos acontecimientos. Con un país próspero y una sociedad amable, esta guerra había caído como un balde de agua fría.
Luego de que los militares abordaron el helicóptero, éste se elevó rápidamente. El palacio de gobierno, enclavado en medio de la ciudad, se veía cada vez más pequeño. La ciudad, en tanto, parecía extraña. El horizonte estaba teñido de rojo, y fuertes explosiones amarillas en la lejanía se complementaban tristemente con varios incendios a lo largo de la urbe. Fuertes columnas de humo subían imponentes por el cielo y se mesclaban con las nubes del atardecer.
Apoyó su cabeza en la ventana y trató de observar con detalle las calles de la ciudad, cada vez más pequeñas por la altura. Varios vehículos militares avanzaban rápidamente por las avenidas de la ciudad, y soldados, que desde el helicóptero parecían hormigas, corrían hacia el frente. El Presidente comprendió entonces que la batalla, que hasta hace unas horas se estaba librando en los suburbios, ahora se peleaba en plena ciudad, calle por calle. Se sintió aliviado entonces de haberse marchado de ahí, rumbo al sur.
El helicóptero se remeció fuertemente por la turbulencia, pero continuó alejándose cada vez más de la ciudad. El Presidente suspiró nuevamente y trató de cerrar los ojos para dormir. Se venían tiempos difíciles para todos, pero especialmente para él. Tendría que liderar a su país frente a una guerra injusta, y vencer a toda costa, ya que la rendición no era una opción. No sabía qué tan difícil fuera a resultar, ni cuanto se demoraría en hacerlo, pero tarde o temprano esta guerra terminaría, y su país volvería a ser la nación prospera y feliz que alguna vez fue.
Se levantó trabajosamente de su silla y se refregó la cara con ambas manos. Amplias arrugas surcaban su rostro, arrugas que no tenía cuando asumió en el cargo. – Son las arrugas de la experiencia – solía decirle su esposa. Pero no. Él bien sabía que éstas se debían al exceso de trabajo, reuniones y complicaciones burocráticas que siempre entorpecían todo. Habría sido feliz culpando a los últimos acontecimientos de su deteriorado estado, pero las arrugas no salen de una semana para otra, por muy estresante que ésta pueda ser.
Atravesó su oficina y se asomó al balcón que daba al norte. Densas columnas de humo negro subían desde algún punto más allá de donde alcanzaba a ver, puesto que varios edificios le tapaban la vista, y un fuerte olor a plástico chamuscado invadió su oficina.
A pesar de que no lo podía ver, sabía que el océano se encontraba frente a él, a tan solo unos cuantos kilómetros. Incluso creía sentir una ligera brisa marina en su rostro. Pero el océano ya no era el mismo, había cambiado. Al parecer todo había cambiando, incluso quienes en un comienzo estuvieron con él. Políticos interesados en obtener cargos, nada más que eso. Los leales eran pocos.
A pesar de las arrugas, había signos de deterioro físico que le preocupaban más. Su cabello estaba cada vez más cano y sufría de diversos dolores musculares. No había ni una semejanza entre él y el presidente que ganó las elecciones hace dos años atrás. Y su humor tampoco era el mismo, sobre todo desde la invasión. Y es que tras los ataques, entre los comandantes en jefe con sus mapas y planos, los ministros con sus carpetas, el Jefe de los bomberos, la policía, los senadores, y finalmente su esposa casi lo hicieron colapsar.
- ¡No me digan qué es lo que tengo que hacer! – exclamó tras varias reuniones con los altos comandantes militares – esta es mi ciudad, y aquí me quedaré.
Finalmente esta decisión hubo de cambiar cuando las defensas de la ciudad comenzaron a caer. En un comienzo ordenó que su gabinete fuera evacuado, pero una vez que el panorama se complicó permitió que se enviara un helicóptero para su salida, que según lo previsto ya debería haber llegado.
Se estaba volteando para ir nuevamente a su escritorio cuando algo lo detuvo. No era el sonido de los estruendos ni los continuos destellos en el horizonte, sino que un sonido familiar que hiso renacer una ligera sensación de felicidad en él.
Se mantuvo en el balcón por un instante cuando un gran helicóptero militar pasó sobre él y lentamente comenzó a descender.
Caminó hacia su escritorio con el corazón latiéndole fuertemente, cogió los siete decretos firmados y los guardó en una pequeña carpeta. Una vez que hubo salido al corredor se topó con sus guardaespaldas, quienes lo esperaban afuera. No había tiempo que perder.
Siguió caminando junto a su guardia a través de los pasillos interiores, que hasta hace solo dos días destacaban por su limpieza y orden. Pero en ese momento, en la sede del gobierno lo que menos reinaba era el orden. Tras la evacuación de los funcionarios había cundido el pánico, lo que llevó a que incontables papeles estuvieran regados por el suelo, las sillas estuvieran volteadas y los cuadros y adornos fuera de sitio.
Una vez que llegó a los jardines se topó de lleno con el helicóptero que lo esperaba. Unos cuantos militares fuertemente armados esperaban a un costado a que el Presidente subiera, y poder largarse cuanto antes. Los estruendos se oían cada vez más cercanos, y el suelo temblaba ligeramente tras las explosiones.
Caminó lentamente, para no demostrar sus ansias por largarse de ahí. - ¡Eso es lo que quieren los de la oposición, verme alarmado! – Pensó mientras escalaba, peldaño por peldaño, la pequeña escalinata del helicóptero. – ¡Pero no lo conseguirán, no señor!
Se sentó en un duro asiento y un militar lo rodeó de cinturones, haciendolo sentir incómodo en una zona que no era incursionada por nadie en varios años, ni siquiera por su esposa – es por su propia seguridad, señor – se excusó el militar. Dejó que éste terminara de hacer su trabajo y suspiró. No podía creer cómo se habían dado los últimos acontecimientos. Con un país próspero y una sociedad amable, esta guerra había caído como un balde de agua fría.
Luego de que los militares abordaron el helicóptero, éste se elevó rápidamente. El palacio de gobierno, enclavado en medio de la ciudad, se veía cada vez más pequeño. La ciudad, en tanto, parecía extraña. El horizonte estaba teñido de rojo, y fuertes explosiones amarillas en la lejanía se complementaban tristemente con varios incendios a lo largo de la urbe. Fuertes columnas de humo subían imponentes por el cielo y se mesclaban con las nubes del atardecer.
Apoyó su cabeza en la ventana y trató de observar con detalle las calles de la ciudad, cada vez más pequeñas por la altura. Varios vehículos militares avanzaban rápidamente por las avenidas de la ciudad, y soldados, que desde el helicóptero parecían hormigas, corrían hacia el frente. El Presidente comprendió entonces que la batalla, que hasta hace unas horas se estaba librando en los suburbios, ahora se peleaba en plena ciudad, calle por calle. Se sintió aliviado entonces de haberse marchado de ahí, rumbo al sur.
El helicóptero se remeció fuertemente por la turbulencia, pero continuó alejándose cada vez más de la ciudad. El Presidente suspiró nuevamente y trató de cerrar los ojos para dormir. Se venían tiempos difíciles para todos, pero especialmente para él. Tendría que liderar a su país frente a una guerra injusta, y vencer a toda costa, ya que la rendición no era una opción. No sabía qué tan difícil fuera a resultar, ni cuanto se demoraría en hacerlo, pero tarde o temprano esta guerra terminaría, y su país volvería a ser la nación prospera y feliz que alguna vez fue.
lunes, noviembre 14, 2011
Debate sobre inteligencia
Hoy es quince de noviembre. En un mes más ya habré rendido la PSU y todo habrá terminado. Cuesta creer que catorce años de estudio se vean reducidos a una prueba de dos horas y media. Prueba que determinará qué es lo que puedo estudiar y en qué universidad hacerlo.
Y es que hay algo mal ahí. O algo mal con nosotros que aceptamos eso, no sé. Lo que sí sé es que, como ya mencioné, algo no encaja y se sale de los márgenes de lo lógico. Porque ¿cómo es posible que una mísera prueba de setenta y cinco preguntas condicione – de una u otra manera, no seamos alarmistas – mi futuro? Mala cosa.
¡Hay muchas cosas malas! No solo la PSU, sino que la gente misma, porque si la gente fuera distinta no estaríamos en ésta situación. Si la gente fuera diferente, por ejemplo, uno podría dedicar su vida a ser profesor sin morirse de hambre ni ser desprestigiado por el resto. Porque importa mucho el trabajo que tú tienes, por su puesto. Y ser profesor es un mal trabajo.
Alguien un tanto alcoholizado me recomendó que estudiara administración de empresas. Después me recalcó, en una actitud un tanto alarmante por la cercanía de su rostro y por el olor a ron que salía de su boca, que eso era lo que tenía que hacer.
Lo único que atiné fue a soltar un bufido de reproche, no por su estado etílico, sino por la carrera en sí, pero de todas maneras continuó diciéndome que con eso ganaría harta plata, y el que estudiar historia solo serviría para demostrar cuanto sé en la mesa frente al resto. Pero nada más que eso. Al fin de cuentas, mientras más plata ganes, más feliz serás.
Quizá sea cierto. La plata es un factor sumamente determinante para la felicidad de muchas personas, en las que me incluyo. Mientras más plata tenga más feliz seré. Pero afortunadamente la inteligencia no se compra con plata, ni con ropa ni con el trabajo que uno tiene. Esa es una de las pocas cosas que hasta el día de hoy – insertos en un mundo consumista auspiciado por el dinero plástico – no tienen valor.
Definitivamente odio a la gente idiota, y más aun si están bebidos. Porque en un estado normal su idiotez puede pasar un tanto desapercibida, pero en otros estados ésta aflora cual olor de su boca, o peor, incluso.
Y es que hay algo mal ahí. O algo mal con nosotros que aceptamos eso, no sé. Lo que sí sé es que, como ya mencioné, algo no encaja y se sale de los márgenes de lo lógico. Porque ¿cómo es posible que una mísera prueba de setenta y cinco preguntas condicione – de una u otra manera, no seamos alarmistas – mi futuro? Mala cosa.
¡Hay muchas cosas malas! No solo la PSU, sino que la gente misma, porque si la gente fuera distinta no estaríamos en ésta situación. Si la gente fuera diferente, por ejemplo, uno podría dedicar su vida a ser profesor sin morirse de hambre ni ser desprestigiado por el resto. Porque importa mucho el trabajo que tú tienes, por su puesto. Y ser profesor es un mal trabajo.
Alguien un tanto alcoholizado me recomendó que estudiara administración de empresas. Después me recalcó, en una actitud un tanto alarmante por la cercanía de su rostro y por el olor a ron que salía de su boca, que eso era lo que tenía que hacer.
Lo único que atiné fue a soltar un bufido de reproche, no por su estado etílico, sino por la carrera en sí, pero de todas maneras continuó diciéndome que con eso ganaría harta plata, y el que estudiar historia solo serviría para demostrar cuanto sé en la mesa frente al resto. Pero nada más que eso. Al fin de cuentas, mientras más plata ganes, más feliz serás.
Quizá sea cierto. La plata es un factor sumamente determinante para la felicidad de muchas personas, en las que me incluyo. Mientras más plata tenga más feliz seré. Pero afortunadamente la inteligencia no se compra con plata, ni con ropa ni con el trabajo que uno tiene. Esa es una de las pocas cosas que hasta el día de hoy – insertos en un mundo consumista auspiciado por el dinero plástico – no tienen valor.
Definitivamente odio a la gente idiota, y más aun si están bebidos. Porque en un estado normal su idiotez puede pasar un tanto desapercibida, pero en otros estados ésta aflora cual olor de su boca, o peor, incluso.
miércoles, abril 13, 2011
Hace poco me preguntaron qué era para mí la libertad. Creo que me apresuré en responder esa pregunta, porque había más personas esperando. Pero ahora no espera nadie.
Para mí la libertad no es poder hacer lo que se quiere hacer, si no, mucho más que eso. La libertad es poder decir qué es lo que siento, poder decírselo a quién yo quiero y pelear contra quién pretenda decirme que estoy equivocado. La libertad es poder plantarme de pie firme ante el resto y, aunque sea apretando los puños, defender lo que yo considero justo. La libertad es también lo que nos permite pelear por quién no sabe hacerlo, incluso por los que no quieren ser defendidos.
Pero muchas veces nosotros atacamos la libertad de otros, sin quererlo, pero lo hacemos. Cuando le damos la espalda a un amigo que pide nuestra ayuda, o cuando mentimos para tratar de salir de una situación. Atacamos la libertad de las personas cuando dejamos que la desidia guíe nuestros actos, cuando dejamos que la injusticia y la indiferencia nos digan qué hacer. Atacamos la libertad cuando abandonamos a las personas que nos necesitan, y cuando dejamos que la rabia, por muy grande que sea, nos impida llegar al perdón.
La libertad es, finalmente, un derecho, pero al mismo tiempo es un sentimiento. Es un sentimiento, porque es algo propio de la condición humana, que se revela ante la injusticia y la opresión. La libertad es lo que nos llama a pelear por lo que creemos justo, lo que nos mantiene de pie ante la adversidad y lo que nos da la energía para seguir adelante. Finalmente, es un sentimiento, porque nos da la libertad de rendirnos cuando creemos que todo está perdido. Pero eso no se aplica en mí, yo no me rindo.
¡No me rindo, porque soy libre!
Para mí la libertad no es poder hacer lo que se quiere hacer, si no, mucho más que eso. La libertad es poder decir qué es lo que siento, poder decírselo a quién yo quiero y pelear contra quién pretenda decirme que estoy equivocado. La libertad es poder plantarme de pie firme ante el resto y, aunque sea apretando los puños, defender lo que yo considero justo. La libertad es también lo que nos permite pelear por quién no sabe hacerlo, incluso por los que no quieren ser defendidos.
Pero muchas veces nosotros atacamos la libertad de otros, sin quererlo, pero lo hacemos. Cuando le damos la espalda a un amigo que pide nuestra ayuda, o cuando mentimos para tratar de salir de una situación. Atacamos la libertad de las personas cuando dejamos que la desidia guíe nuestros actos, cuando dejamos que la injusticia y la indiferencia nos digan qué hacer. Atacamos la libertad cuando abandonamos a las personas que nos necesitan, y cuando dejamos que la rabia, por muy grande que sea, nos impida llegar al perdón.
La libertad es, finalmente, un derecho, pero al mismo tiempo es un sentimiento. Es un sentimiento, porque es algo propio de la condición humana, que se revela ante la injusticia y la opresión. La libertad es lo que nos llama a pelear por lo que creemos justo, lo que nos mantiene de pie ante la adversidad y lo que nos da la energía para seguir adelante. Finalmente, es un sentimiento, porque nos da la libertad de rendirnos cuando creemos que todo está perdido. Pero eso no se aplica en mí, yo no me rindo.
¡No me rindo, porque soy libre!
sábado, marzo 26, 2011
El reencuentro
Ya me encontraba en Chile. Había llegado el lunes de esa semana, y nos habíamos visto el martes, después de dos meses. Pero no fue nada especial. Solo un frío saludo. Y así transcurrió toda la semana, sin nada especial.
La verdad es que cuando llegué a la junta, el viernes en la noche, no sabía que esa iba a ser la noche en la que finalmente conversaríamos. Pensé que sería como otras tantas, en la que nuestra relación se sostendría exclusivamente en conversaciones triviales y saludos fríos. Como fui uno de los primeros en llegar, comí un poco junto a dos amigas y esperé pacientemente a que llegara el resto. Así, de apoco, la casa se comenzó a llenar, y fue el momento preciso para salir e ir a comprar. Una vez que volví, ya había llegado, y se encontraba junto al resto.
Me senté en el lado opuesto de la mesa sin saludarle, y comencé a conversar, fingiendo total indiferencia. Pero nuevamente la sensación de angustia comenzó a invadirme, porque no estábamos conversando. Algo totalmente ridículo, porque era yo el que no quería hablarle.
Miré a un amigo, sentado al lado mío, quién sabía perfectamente qué estaba ocurriendo, y le apreté el brazo, totalmente nervioso. Había esperado durante meses este momento, había ensayado el dialogo antes de dormir, e incluso soñé con él en algunas ocasiones. Y ahora era el momento de la verdad.
Me levanté rápidamente de mi silla y mi corazón comenzó a latir con fuerza. Le miré y respiré hondo. Aquí vamos. Camine en su dirección lentamente, y cuando me puse a su lado, subió la vista y me miró. – ¿Ven conmigo? – Asintió con la cabeza y se levantó. Ambos caminamos por la casa y salimos al patio delantero.
- Hola – le dije.
- Hola – me respondió, con la típica sonrisa inmadura que le caracteriza.
- He vuelto – dije, pensando bien las palabras. Había ensayado muy bien este momento, incluso desde antes de abandonar Chile, y no iba a fallar ahora - ¿Qué onda, entonces?
- No sé… dime tú qué onda.
Maldita sea. No empieces con las metáforas de mierda, por favor…
- Ya no pasa nada. – le respondí, cerrando los ojos. Como era de noche, no me podía ver bien. – Ya pasó todo. Se acabó.
Sonrió débilmente y miró al suelo. Estaba de pie frente a mí, de brazos cruzados. Abrió la boca para decir algo, pero luego la cerró. – Entonces, todo sigue como antes, supongo.
- No creo – le dije. A pesar de que era lo que deseaba, era imposible – no creo que todo vuelva a ser como antes de un momento a otro.
- Mmmm…creo que tienes razón.
- ¿Te acuerdas lo que me dijiste en la plaza de armas de Castro, en la gira de estudios?
- No…
Maldita sea, hasta cuando con tu puta inmadurez…
- Me diste una metáfora… la de la carretera con hoyos.
- No me acuerdo…
- “Imagina nuestra amistad como una carretera; tiene hoyos, curvas, vueltas y baches, pero sigue siendo una carretera, y no lo dejará de ser por los problemas que encuentre…”- le dije, un poco molesto. Sabía que se acordaba, pero que no lo quería asumir.
- ¡Ah, sí! Ya lo recuerdo… estaba lloviendo. Sí, sí me acuerdo.
- Entonces ¿qué pasará? – le pregunté- ¿Seguimos avanzando por los hoyos o damos media vuelta, y el camino se acaba?
- Podemos comprarnos un mejor auto, y pasar por los hoyos con más fuerza, y seguir adelante.
Ambos sonreímos, y conversamos un poco más, pero lo principal ya estaba dicho. Comenzamos a caminar de vuelta a la mesa, cuando vino a mí una última cuestión.
Mierda, mierda, mierda… aquí vamos.
- Oye, espera. – le dije. Se detuvo y se volteó para verme – no te veo hace dos meses… ¿puedo darte un abrazo?
Me sonrió como siempre lo hace y abrió sus brazos y yo los míos. Y así fue como todo, lentamente, volvió a ser como antes.
La verdad es que cuando llegué a la junta, el viernes en la noche, no sabía que esa iba a ser la noche en la que finalmente conversaríamos. Pensé que sería como otras tantas, en la que nuestra relación se sostendría exclusivamente en conversaciones triviales y saludos fríos. Como fui uno de los primeros en llegar, comí un poco junto a dos amigas y esperé pacientemente a que llegara el resto. Así, de apoco, la casa se comenzó a llenar, y fue el momento preciso para salir e ir a comprar. Una vez que volví, ya había llegado, y se encontraba junto al resto.
Me senté en el lado opuesto de la mesa sin saludarle, y comencé a conversar, fingiendo total indiferencia. Pero nuevamente la sensación de angustia comenzó a invadirme, porque no estábamos conversando. Algo totalmente ridículo, porque era yo el que no quería hablarle.
Miré a un amigo, sentado al lado mío, quién sabía perfectamente qué estaba ocurriendo, y le apreté el brazo, totalmente nervioso. Había esperado durante meses este momento, había ensayado el dialogo antes de dormir, e incluso soñé con él en algunas ocasiones. Y ahora era el momento de la verdad.
Me levanté rápidamente de mi silla y mi corazón comenzó a latir con fuerza. Le miré y respiré hondo. Aquí vamos. Camine en su dirección lentamente, y cuando me puse a su lado, subió la vista y me miró. – ¿Ven conmigo? – Asintió con la cabeza y se levantó. Ambos caminamos por la casa y salimos al patio delantero.
- Hola – le dije.
- Hola – me respondió, con la típica sonrisa inmadura que le caracteriza.
- He vuelto – dije, pensando bien las palabras. Había ensayado muy bien este momento, incluso desde antes de abandonar Chile, y no iba a fallar ahora - ¿Qué onda, entonces?
- No sé… dime tú qué onda.
Maldita sea. No empieces con las metáforas de mierda, por favor…
- Ya no pasa nada. – le respondí, cerrando los ojos. Como era de noche, no me podía ver bien. – Ya pasó todo. Se acabó.
Sonrió débilmente y miró al suelo. Estaba de pie frente a mí, de brazos cruzados. Abrió la boca para decir algo, pero luego la cerró. – Entonces, todo sigue como antes, supongo.
- No creo – le dije. A pesar de que era lo que deseaba, era imposible – no creo que todo vuelva a ser como antes de un momento a otro.
- Mmmm…creo que tienes razón.
- ¿Te acuerdas lo que me dijiste en la plaza de armas de Castro, en la gira de estudios?
- No…
Maldita sea, hasta cuando con tu puta inmadurez…
- Me diste una metáfora… la de la carretera con hoyos.
- No me acuerdo…
- “Imagina nuestra amistad como una carretera; tiene hoyos, curvas, vueltas y baches, pero sigue siendo una carretera, y no lo dejará de ser por los problemas que encuentre…”- le dije, un poco molesto. Sabía que se acordaba, pero que no lo quería asumir.
- ¡Ah, sí! Ya lo recuerdo… estaba lloviendo. Sí, sí me acuerdo.
- Entonces ¿qué pasará? – le pregunté- ¿Seguimos avanzando por los hoyos o damos media vuelta, y el camino se acaba?
- Podemos comprarnos un mejor auto, y pasar por los hoyos con más fuerza, y seguir adelante.
Ambos sonreímos, y conversamos un poco más, pero lo principal ya estaba dicho. Comenzamos a caminar de vuelta a la mesa, cuando vino a mí una última cuestión.
Mierda, mierda, mierda… aquí vamos.
- Oye, espera. – le dije. Se detuvo y se volteó para verme – no te veo hace dos meses… ¿puedo darte un abrazo?
Me sonrió como siempre lo hace y abrió sus brazos y yo los míos. Y así fue como todo, lentamente, volvió a ser como antes.
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