Ya me encontraba en Chile. Había llegado el lunes de esa semana, y nos habíamos visto el martes, después de dos meses. Pero no fue nada especial. Solo un frío saludo. Y así transcurrió toda la semana, sin nada especial.
La verdad es que cuando llegué a la junta, el viernes en la noche, no sabía que esa iba a ser la noche en la que finalmente conversaríamos. Pensé que sería como otras tantas, en la que nuestra relación se sostendría exclusivamente en conversaciones triviales y saludos fríos. Como fui uno de los primeros en llegar, comí un poco junto a dos amigas y esperé pacientemente a que llegara el resto. Así, de apoco, la casa se comenzó a llenar, y fue el momento preciso para salir e ir a comprar. Una vez que volví, ya había llegado, y se encontraba junto al resto.
Me senté en el lado opuesto de la mesa sin saludarle, y comencé a conversar, fingiendo total indiferencia. Pero nuevamente la sensación de angustia comenzó a invadirme, porque no estábamos conversando. Algo totalmente ridículo, porque era yo el que no quería hablarle.
Miré a un amigo, sentado al lado mío, quién sabía perfectamente qué estaba ocurriendo, y le apreté el brazo, totalmente nervioso. Había esperado durante meses este momento, había ensayado el dialogo antes de dormir, e incluso soñé con él en algunas ocasiones. Y ahora era el momento de la verdad.
Me levanté rápidamente de mi silla y mi corazón comenzó a latir con fuerza. Le miré y respiré hondo. Aquí vamos. Camine en su dirección lentamente, y cuando me puse a su lado, subió la vista y me miró. – ¿Ven conmigo? – Asintió con la cabeza y se levantó. Ambos caminamos por la casa y salimos al patio delantero.
- Hola – le dije.
- Hola – me respondió, con la típica sonrisa inmadura que le caracteriza.
- He vuelto – dije, pensando bien las palabras. Había ensayado muy bien este momento, incluso desde antes de abandonar Chile, y no iba a fallar ahora - ¿Qué onda, entonces?
- No sé… dime tú qué onda.
Maldita sea. No empieces con las metáforas de mierda, por favor…
- Ya no pasa nada. – le respondí, cerrando los ojos. Como era de noche, no me podía ver bien. – Ya pasó todo. Se acabó.
Sonrió débilmente y miró al suelo. Estaba de pie frente a mí, de brazos cruzados. Abrió la boca para decir algo, pero luego la cerró. – Entonces, todo sigue como antes, supongo.
- No creo – le dije. A pesar de que era lo que deseaba, era imposible – no creo que todo vuelva a ser como antes de un momento a otro.
- Mmmm…creo que tienes razón.
- ¿Te acuerdas lo que me dijiste en la plaza de armas de Castro, en la gira de estudios?
- No…
Maldita sea, hasta cuando con tu puta inmadurez…
- Me diste una metáfora… la de la carretera con hoyos.
- No me acuerdo…
- “Imagina nuestra amistad como una carretera; tiene hoyos, curvas, vueltas y baches, pero sigue siendo una carretera, y no lo dejará de ser por los problemas que encuentre…”- le dije, un poco molesto. Sabía que se acordaba, pero que no lo quería asumir.
- ¡Ah, sí! Ya lo recuerdo… estaba lloviendo. Sí, sí me acuerdo.
- Entonces ¿qué pasará? – le pregunté- ¿Seguimos avanzando por los hoyos o damos media vuelta, y el camino se acaba?
- Podemos comprarnos un mejor auto, y pasar por los hoyos con más fuerza, y seguir adelante.
Ambos sonreímos, y conversamos un poco más, pero lo principal ya estaba dicho. Comenzamos a caminar de vuelta a la mesa, cuando vino a mí una última cuestión.
Mierda, mierda, mierda… aquí vamos.
- Oye, espera. – le dije. Se detuvo y se volteó para verme – no te veo hace dos meses… ¿puedo darte un abrazo?
Me sonrió como siempre lo hace y abrió sus brazos y yo los míos. Y así fue como todo, lentamente, volvió a ser como antes.
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