Hace poco me preguntaron qué era para mí la libertad. Creo que me apresuré en responder esa pregunta, porque había más personas esperando. Pero ahora no espera nadie.
Para mí la libertad no es poder hacer lo que se quiere hacer, si no, mucho más que eso. La libertad es poder decir qué es lo que siento, poder decírselo a quién yo quiero y pelear contra quién pretenda decirme que estoy equivocado. La libertad es poder plantarme de pie firme ante el resto y, aunque sea apretando los puños, defender lo que yo considero justo. La libertad es también lo que nos permite pelear por quién no sabe hacerlo, incluso por los que no quieren ser defendidos.
Pero muchas veces nosotros atacamos la libertad de otros, sin quererlo, pero lo hacemos. Cuando le damos la espalda a un amigo que pide nuestra ayuda, o cuando mentimos para tratar de salir de una situación. Atacamos la libertad de las personas cuando dejamos que la desidia guíe nuestros actos, cuando dejamos que la injusticia y la indiferencia nos digan qué hacer. Atacamos la libertad cuando abandonamos a las personas que nos necesitan, y cuando dejamos que la rabia, por muy grande que sea, nos impida llegar al perdón.
La libertad es, finalmente, un derecho, pero al mismo tiempo es un sentimiento. Es un sentimiento, porque es algo propio de la condición humana, que se revela ante la injusticia y la opresión. La libertad es lo que nos llama a pelear por lo que creemos justo, lo que nos mantiene de pie ante la adversidad y lo que nos da la energía para seguir adelante. Finalmente, es un sentimiento, porque nos da la libertad de rendirnos cuando creemos que todo está perdido. Pero eso no se aplica en mí, yo no me rindo.
¡No me rindo, porque soy libre!
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