Hoy es quince de noviembre. En un mes más ya habré rendido la PSU y todo habrá terminado. Cuesta creer que catorce años de estudio se vean reducidos a una prueba de dos horas y media. Prueba que determinará qué es lo que puedo estudiar y en qué universidad hacerlo.
Y es que hay algo mal ahí. O algo mal con nosotros que aceptamos eso, no sé. Lo que sí sé es que, como ya mencioné, algo no encaja y se sale de los márgenes de lo lógico. Porque ¿cómo es posible que una mísera prueba de setenta y cinco preguntas condicione – de una u otra manera, no seamos alarmistas – mi futuro? Mala cosa.
¡Hay muchas cosas malas! No solo la PSU, sino que la gente misma, porque si la gente fuera distinta no estaríamos en ésta situación. Si la gente fuera diferente, por ejemplo, uno podría dedicar su vida a ser profesor sin morirse de hambre ni ser desprestigiado por el resto. Porque importa mucho el trabajo que tú tienes, por su puesto. Y ser profesor es un mal trabajo.
Alguien un tanto alcoholizado me recomendó que estudiara administración de empresas. Después me recalcó, en una actitud un tanto alarmante por la cercanía de su rostro y por el olor a ron que salía de su boca, que eso era lo que tenía que hacer.
Lo único que atiné fue a soltar un bufido de reproche, no por su estado etílico, sino por la carrera en sí, pero de todas maneras continuó diciéndome que con eso ganaría harta plata, y el que estudiar historia solo serviría para demostrar cuanto sé en la mesa frente al resto. Pero nada más que eso. Al fin de cuentas, mientras más plata ganes, más feliz serás.
Quizá sea cierto. La plata es un factor sumamente determinante para la felicidad de muchas personas, en las que me incluyo. Mientras más plata tenga más feliz seré. Pero afortunadamente la inteligencia no se compra con plata, ni con ropa ni con el trabajo que uno tiene. Esa es una de las pocas cosas que hasta el día de hoy – insertos en un mundo consumista auspiciado por el dinero plástico – no tienen valor.
Definitivamente odio a la gente idiota, y más aun si están bebidos. Porque en un estado normal su idiotez puede pasar un tanto desapercibida, pero en otros estados ésta aflora cual olor de su boca, o peor, incluso.
1 comentarios:
Me identifico, sobrino.
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