Un nuevo remesón sacudió el escritorio del Presidente, lo que hiso que su firma se doblara un tanto, pero eso no le importó. Y es que con el séptimo decreto que firmaba en la tarde ya no tenía ganas de escribir su nombre con cuidado. Este último Decreto Presidencial permitía el uso de armas por parte de la población civil, ya que a esas alturas cualquier método para detener a los invasores era válido.
Se levantó trabajosamente de su silla y se refregó la cara con ambas manos. Amplias arrugas surcaban su rostro, arrugas que no tenía cuando asumió en el cargo. – Son las arrugas de la experiencia – solía decirle su esposa. Pero no. Él bien sabía que éstas se debían al exceso de trabajo, reuniones y complicaciones burocráticas que siempre entorpecían todo. Habría sido feliz culpando a los últimos acontecimientos de su deteriorado estado, pero las arrugas no salen de una semana para otra, por muy estresante que ésta pueda ser.
Atravesó su oficina y se asomó al balcón que daba al norte. Densas columnas de humo negro subían desde algún punto más allá de donde alcanzaba a ver, puesto que varios edificios le tapaban la vista, y un fuerte olor a plástico chamuscado invadió su oficina.
A pesar de que no lo podía ver, sabía que el océano se encontraba frente a él, a tan solo unos cuantos kilómetros. Incluso creía sentir una ligera brisa marina en su rostro. Pero el océano ya no era el mismo, había cambiado. Al parecer todo había cambiando, incluso quienes en un comienzo estuvieron con él. Políticos interesados en obtener cargos, nada más que eso. Los leales eran pocos.
A pesar de las arrugas, había signos de deterioro físico que le preocupaban más. Su cabello estaba cada vez más cano y sufría de diversos dolores musculares. No había ni una semejanza entre él y el presidente que ganó las elecciones hace dos años atrás. Y su humor tampoco era el mismo, sobre todo desde la invasión. Y es que tras los ataques, entre los comandantes en jefe con sus mapas y planos, los ministros con sus carpetas, el Jefe de los bomberos, la policía, los senadores, y finalmente su esposa casi lo hicieron colapsar.
- ¡No me digan qué es lo que tengo que hacer! – exclamó tras varias reuniones con los altos comandantes militares – esta es mi ciudad, y aquí me quedaré.
Finalmente esta decisión hubo de cambiar cuando las defensas de la ciudad comenzaron a caer. En un comienzo ordenó que su gabinete fuera evacuado, pero una vez que el panorama se complicó permitió que se enviara un helicóptero para su salida, que según lo previsto ya debería haber llegado.
Se estaba volteando para ir nuevamente a su escritorio cuando algo lo detuvo. No era el sonido de los estruendos ni los continuos destellos en el horizonte, sino que un sonido familiar que hiso renacer una ligera sensación de felicidad en él.
Se mantuvo en el balcón por un instante cuando un gran helicóptero militar pasó sobre él y lentamente comenzó a descender.
Caminó hacia su escritorio con el corazón latiéndole fuertemente, cogió los siete decretos firmados y los guardó en una pequeña carpeta. Una vez que hubo salido al corredor se topó con sus guardaespaldas, quienes lo esperaban afuera. No había tiempo que perder.
Siguió caminando junto a su guardia a través de los pasillos interiores, que hasta hace solo dos días destacaban por su limpieza y orden. Pero en ese momento, en la sede del gobierno lo que menos reinaba era el orden. Tras la evacuación de los funcionarios había cundido el pánico, lo que llevó a que incontables papeles estuvieran regados por el suelo, las sillas estuvieran volteadas y los cuadros y adornos fuera de sitio.
Una vez que llegó a los jardines se topó de lleno con el helicóptero que lo esperaba. Unos cuantos militares fuertemente armados esperaban a un costado a que el Presidente subiera, y poder largarse cuanto antes. Los estruendos se oían cada vez más cercanos, y el suelo temblaba ligeramente tras las explosiones.
Caminó lentamente, para no demostrar sus ansias por largarse de ahí. - ¡Eso es lo que quieren los de la oposición, verme alarmado! – Pensó mientras escalaba, peldaño por peldaño, la pequeña escalinata del helicóptero. – ¡Pero no lo conseguirán, no señor!
Se sentó en un duro asiento y un militar lo rodeó de cinturones, haciendolo sentir incómodo en una zona que no era incursionada por nadie en varios años, ni siquiera por su esposa – es por su propia seguridad, señor – se excusó el militar. Dejó que éste terminara de hacer su trabajo y suspiró. No podía creer cómo se habían dado los últimos acontecimientos. Con un país próspero y una sociedad amable, esta guerra había caído como un balde de agua fría.
Luego de que los militares abordaron el helicóptero, éste se elevó rápidamente. El palacio de gobierno, enclavado en medio de la ciudad, se veía cada vez más pequeño. La ciudad, en tanto, parecía extraña. El horizonte estaba teñido de rojo, y fuertes explosiones amarillas en la lejanía se complementaban tristemente con varios incendios a lo largo de la urbe. Fuertes columnas de humo subían imponentes por el cielo y se mesclaban con las nubes del atardecer.
Apoyó su cabeza en la ventana y trató de observar con detalle las calles de la ciudad, cada vez más pequeñas por la altura. Varios vehículos militares avanzaban rápidamente por las avenidas de la ciudad, y soldados, que desde el helicóptero parecían hormigas, corrían hacia el frente. El Presidente comprendió entonces que la batalla, que hasta hace unas horas se estaba librando en los suburbios, ahora se peleaba en plena ciudad, calle por calle. Se sintió aliviado entonces de haberse marchado de ahí, rumbo al sur.
El helicóptero se remeció fuertemente por la turbulencia, pero continuó alejándose cada vez más de la ciudad. El Presidente suspiró nuevamente y trató de cerrar los ojos para dormir. Se venían tiempos difíciles para todos, pero especialmente para él. Tendría que liderar a su país frente a una guerra injusta, y vencer a toda costa, ya que la rendición no era una opción. No sabía qué tan difícil fuera a resultar, ni cuanto se demoraría en hacerlo, pero tarde o temprano esta guerra terminaría, y su país volvería a ser la nación prospera y feliz que alguna vez fue.
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